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San Pedro Atocpan defiende el mole como oficio familiar, feria y economía local

La Feria Nacional del Mole de Milpa Alta muestra cómo una salsa compleja sostiene molinos, restaurantes, rutas rurales y memoria de barrio.

Plato de mole poblano con ajonjolí
Wikimedia Commons / Flickr · Melissa Doroquez · CC BY-SA 2.0

San Pedro Atocpan no trata al mole como una salsa de acompañamiento, sino como una forma de organización local. La edición 47 de la Feria Nacional del Mole, anunciada por Turismo de Ciudad de México para octubre de 2024, reunió restaurantes, productores y visitantes alrededor de una tradición que desde hace décadas identifica al pueblo de Milpa Alta. Aunque cada año cambia la coyuntura, el fondo permanece: el mole sostiene trabajo familiar, molinos, venta de pasta, comedores y rutas de fin de semana.

El comunicado de Turismo CDMX describió la feria como una fiesta popular de auténtico sabor mexicano y recordó la importancia económica del evento para la alcaldía. También ubicó a San Pedro Atocpan como un punto clave para la elaboración y comercialización del mole, con una producción que rebasa el consumo local. Esa escala ayuda a entender por qué el mole no puede verse sólo como receta doméstica: es cadena productiva, comercio y reputación territorial.

La Secretaría de Turismo federal, al hablar de mercados y rutas gastronómicas, relacionó Milpa Alta con nopal, maíz, barro, tortillas y mole de San Pedro Actopan. Esa combinación es importante porque evita aislar la salsa de su entorno. El mole se come con pollo, guajolote, arroz o tortilla, pero su identidad también depende de chiles secos, semillas, especias, metate, molino y manos que ajustan dulzor, picor y textura.

La feria funciona como escaparate, pero el oficio se sostiene todo el año. En casas y negocios familiares, la preparación exige compras, tostados, moliendas y mezclas que no siempre son visibles para quien sólo llega al plato servido. La diferencia entre un mole correcto y uno memorable suele estar en decisiones pequeñas: el punto del chile, el amargor controlado, la grasa justa, el fondo y la paciencia.

Cubrir San Pedro Atocpan obliga también a evitar exageraciones. No hace falta declarar un “mejor mole” para reconocer el peso cultural y económico del pueblo. Basta mirar la continuidad de la feria, la concentración de restaurantes y la manera en que la alcaldía integra el mole a rutas rurales junto con nopal, maíz y productos de la milpa.

Para el lector, la recomendación editorial es simple: ir con tiempo, preguntar por variedades y entender que el mole no es una fórmula única. En Milpa Alta conviven almendrado, rojo, verde, pipián y mezclas familiares. Esa pluralidad es la señal de una tradición viva, no de una falta de autenticidad.

Otra capa del tema es el abasto. Una feria de mole necesita tortillas, verduras, arroz, proteínas, bebidas, transporte, limpieza y personal suficiente. Cuando el evento crece, también crece la responsabilidad de ordenar residuos, evitar saturación vial y mantener condiciones dignas para quienes cocinan durante jornadas largas.

El mole de San Pedro Atocpan importa porque permite ver una cocina que pasó de olla familiar a actividad económica sin perder del todo su raíz de barrio. Esa transición merece seguimiento, no sólo celebración anual.

La próxima cobertura debería mirar a las nuevas generaciones: quién hereda recetas, quién administra molinos, quién innova sin borrar el apellido de la casa y quién mantiene precios accesibles para clientes locales. Ahí se juega buena parte del futuro del mole atocpense.

Fuentes consultadas